En la agrícola Europa del siglo cuarto sacar a la calle a los santos en procesión en primavera era con la pretensión de pedir a los cielos que regaran los suelos para que hubiera abundante cosecha. Y los obispos, reunidos en Nicea en el año 325, en el primer Concilio Ecuménico, consultaron con los astrólogos y científicos de la época sobre cuál era la fecha más idónea para que lloviera en primavera, y parece ser que los romanos ya manejaban un poco las estadísticas porque no dudaron en afirmar que la probabilidad máxima de lluvias se encontraba en la primera luna llena de primavera. Como también eran conscientes que la figura de su Cristo no tenía realidad histórica, se dieron cuenta que podían fijar su Pasión y Muerte en la fecha que mejor les conviniera y que fuera más satisfaciente con el binomio santos en la calle agua en abundancia, y, por ende, feligreses contentos... Una versión renovada y, en principio menos cruenta, del “pane et circus”, aunque siempre hay los que se toman lo del circo al pie de la letra y se flagelan y esas cosas…
“Oh, la saeta, el cantar al Cristo de los gitanos, siempre con sangre en las manos, siempre por desenclavar. Cantar del pueblo andaluz, que todas las primaveras anda pidiendo escaleras para subir a la cruz. Cantar de la tierra mía, que echa flores al Jesús de la agonía y es la fe de mis mayores… ¡Oh, no eres tu mi cantar, no puedo cantar ni quiero a ese Jesús del madero sino al que anduvo en la mar!” de don Antonio Machado, sevillano.

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